Matias Coence
17-oct-2008, 01:45
Me resulto muy interesante y quise compartirlo.... 100% discutible pero no quita que este bueno... espero que lo disfruten tanto como lo hice yo
El arte es superfluo, inesencial, periférico: lo primero que se arroja por la borda si un exceso de equipaje nos pone en peligro de naufragio; lo primero que se esfuma ante una auténtica amenaza. Cierto que esa índole accesoria del arte muestra también su faz risueña: no sólo de bases ni de esencias vive el hombre, sino de toda (super)estructura que segrega su espíritu. Y así el arte es también desinterés, sublimidad, excelencia, último grado y perfección de lo humano. Puestos, no obstante, en lo peor --prudente recurso heurístico que la estadística y el refranero apoyan--, esto es, supuesto que predomine el carácter subalterno y secundario del arte sobre aquel otro sublime y excelente, aún así una filosofía suya (una estética) no se contamina de lo hueco de su objeto. No será, aunque parezca que a eso aboca, sombra de sombras. La filosofía, si lo es, luce este rasgo: que toca siempre el centro, por más que amenace con demorarse en la extrema periferia. Al menos, así quiero pensarlo. Para que no disuene una estética (u otra cualquiera filosofía de x) con esta larga promesa: nunca más rendirse a la seducción de las sombras, decir siempre no más lo que hay y lo que importa no perder ni perderse (bien que eso que hay, y eso que importaba no perder, otro contacto y cercanía exijan que su inane ‘ser dicho’).
Arte y lenguaje sobre el arte, literatura y crítica literaria, prosas que toman por tema a la poesía, conceptos que pretenden capturar un enigma, luces que se proyectan sobre lo que es de suyo oscuro, de modo que parece que eso oscuro se va a perder si se ilumina: arte y estética. El interés que hoy nos reúne se dice, pues, de muchos modos. Pero en las fórmulas más sugerentes, ricas en consecuencias y generadoras de diálogos latirá siempre una oposición posible, una discrepancia real entre los dos términos de ese sintagma: filosofía del arte.
Oposición posible y discrepancia real quiere decir que no se ha puesto previamente la premisa de la heterogeneidad radical entre el pensamiento y el arte, ni en general la premisa de la inconmensurabilidad de toda voz o texto con cualesquiera otros. Quiere decir que no se ha puesto tampoco su premisa equivalente aunque contraria: la indiferencia, la nivelación, la grisalla, el borrado de límites, la adjudicación a la filosofía del carácter irremediable de género literario, o la atribución al arte de la condición de lugar eminente de eclosión de la verdad o de muestra de su incomparecencia radical, una carga veritativa o falsaria que el arte ni puede ni debe soportar en solitario si no es al precio de convertirlo en criadero de monstruos (inocuos, pero monstruos). Oposición posible y discrepancia real quiere decir, por tanto, que no se han aceptado las consecuencias de aquellas premisas, esto es, que todo vale y que todo es igual.
No se negará, por cierto, que la filosofía se sirve, de hecho y con derecho, de recursos retóricos, ni que el arte pueda y deba iluminar zonas de la verdad o de su ausencia abismal. Se afirma tan sólo que es honesto defender una distancia entre enunciación y retórica, una diferencia que es, si se quiere, accesible a su juicio crítico y a su expresión poética. Y subsiste esa diferencia porque para negarla es preciso aceptarla previamente, esto es, porque el lema de que "todo es retórica" no se puede decir sin el conocimiento previo de lo que no es retórica, o sin el conocimiento al menos de que la retoricidad admite grados. Y permanece la mutua accesibilidad entre voces concretas y entre géneros de prácticas discursivas o expresivas (arte, pensamiento, ciencia, ética) porque su negación, la negación de esa accesibilidad, es ella misma ejercicio de la accesibilidad que niega, ella misma juzga y mide discursos con discursos, textos con textos.
Pero ésas son, como denuncia Gadamer (y antes Platón, y Hegel), victorias formales sobre el relativismo, refutaciones logicistas, con un cierto sabor a sofisma. Pertenecen a un curioso tipo de argumentos que es la imagen especular del sofisma: son inferencias verdaderas, pero parecen falsas (que son verdaderas lo ha mostrado y demostrado Ulises Moulines semiformalizándolas, y Juan José Sebreli argumentando convincentemente en lenguaje informal). Es mejor, sin embargo, aceptar el reproche retórico de Gadamer y descender a la vida del texto, al lugar donde el texto se propone, lo consiga o no, decir algo de algo. Si hacemos esa experiencia comprobaremos enseguida que se confirma lo que delataba la aparente falacia: nuestra voz no puede hacerse cargo de su propia inconmensurabilidad si no es al precio de falsificarse. Nuestra voz no puede ser ella misma plural ni renunciar a que caiga a su alcance toda otra voz y texto y viceversa. Tampoco puede, si no es por vía de fingimiento e impostación de la voz, decir de sí que es retórica sin límites ni grados, sin capacidad de dosificar conscientemente su retórica. Ni puede declararse, sin saberse al tiempo falsa, retóricamente intocable, inderogable. Inconmensurabilidad radical y retoricidad general, esos dos tópicos de los pensamientos autodebilitados, se dicen, pues, desde un discurso que sobrevuela los discursos, desde una voz que arbitra el juego de las voces al tiempo que declara que no hay juego posible porque no hay campo común o porque no hay competencia, porque todos los jugadores llevan el mismo uniforme del club de la retórica. Voz (o metavoz o supervoz) que ocupa un lugar privilegiado justamente cuando abjura de éste y lo declara imposible e indeseable. Aquellas notas, inconmensurabilidad e indiferencia, lo son, si acaso, del conjunto, del sistema o el guirigay de las voces, pero nunca de ninguna voz concreta. Esa voz sobrevolante sí que es, y sólo ella, formal y formalista.
Detrás de tales reticencias puras y prácticas frente al todo vale y al todo es igual palpitan una obligación indemostrable y un conocimiento elemental, a saber: que es decente oponerse con fuerza a la vigente epidemia de resignaciones y renuncias y a su gesto estudiado de fatiga. Que al pensamiento le cabe más y mejor destino que la reducción a la mala literatura de Heidegger, Derrida y sus epígonos, y que al arte le aguarda mejor suerte que el sometimiento a la mala filosofía del arte que a menudo lo inspira y le da forma concreta. Mala literatura quiere decir poesía en el peor y más añejo de sus sentidos: blanda y nostálgica hasta lo fofo, adoratriz hasta el estrabismo, reverente, rememorante, guardiana de un enigma sin contenido o de una oscuridad sin verdadero enigma. Y mala filosofía del arte quiere decir ingenua, espontánea, acrítica, iletrada o a lo más de manual, descubridora de mediterráneos, repetidora del eco difuso del acabamiento del arte, defensora de la pureza cristalina y la autonomía absoluta de la experiencia estética, esclava del mito de la novedad sin contenido nuevo --no hay novedad posible, pero el sistema del arte pide más madera--. Mala filosofía, también, cuando es deudora de epistemologías simplistas o directamente erróneas, como lo son todos los sensismos, toda epistemología que afirme que lo primero y lo inmediato en el conocimiento son las sensaciones simples de color o formas, y que el objeto se edifica después con tales materiales. Eso lo desmienten las ciencias duras y blandas, y también la más sencilla introspección: lo primero es el objeto, la hipótesis del objeto en la que nos va la vida, porque el objeto significa en sus extremos oportunidad o amenaza.
Oposición posible y discrepancia real entre arte y filosofía quiere decir también que no se ha renunciado a la categoría en ese su sentido etimológico que nos recuerda Heidegger pero que se desactiva y anula en el pensamiento de Heidegger. Esto es, categoría es la acción y el efecto de decirle a uno a la cara lo que es. Justo eso que prohibe la imperante pudibundia, el omnipresente eufemismo, que comienza llamando a las cosas por un nombre más blando y termina llamándolas por su nombre contrario. Categoría es la acusación en juicio, la atribución de conductas y cualidades con pretensión de verdad y con la aportación consiguiente de las pruebas, notas todas que lo son de la filosofía cuando ésta no se reduce a balbuceo autodebilitado. Y lo son también del arte cuando el arte no se hace cómplice de la fábula del mundo renunciando a figurar el mundo.
Categoría en todos sus sentidos les falta al arte y al pensamiento cuando se revuelcan en la idea obsesiva de la dificultad o la llana imposibilidad de la representación. (‘Representación’ es un término que significa tanto que ya casi no significa nada. Intentaré, por ello, interpretarlo y reducirlo brevemente: representación es el modo inexorablemente mediato de darse cualquier cosa, es el nombre de la imposibilidad de la cosa en persona, del comercio carnal con las cosas. A cambio de esa distancia, la representación permitió a lo largo de su historia una como delectación morosa en lo bello y lo bueno y una explicitud de lo feo y lo malo. Pues bien, después de todos los despueses, la representación ya no más consiente eso, sólo permanece su condición de impedimento, de interposición sin contrapartida entre el deseo y su objeto.)
Después de todos los despueses --después del blanco sobre blanco de Malevich o de la carta de Lord Chandos, de Hofmannsthal, esos dos lugares insuperables no sólo de la imposibilidad sino también de la intrínseca putrefacción de todo representar algo como algo--, después de eso, sólo caben vueltas atrás, arrepentimientos, repeticiones, manieras, exhibición y exhibicionismo de impotencias, cuyo alarde ya cansa. Si la impotencia exhibida no va acompañada al menos de su queja y su resistencia, o de otro plus cualquiera que ahora no imagino, es entonces indecente complicidad con la fábula del mundo, connivencia con la fuente de la mitad del dolor y de la muerte (por qué la fábula del mundo es fuente sólo de la mitad del dolor y de la muerte, más adelante se hará explícito).
(A este respecto, quizá debería ser más crítico y a la vez más benevolente. Me explico: la vía muerta de la exhibición de la impotencia y la imposibilidad de la representación, es vía muerta sólo en el ámbito de las objetivaciones, de las ideas. Es callejón sin salida apenas en el mundo 3 de Popper, para entendernos. La muerte del arte y el pensamiento es ahí, por ejemplo, convecina del teorema de Pitágoras, la revolución rusa o el Quijote. Es en ese espacio ideal donde arte y pensamiento se exhiben a sí mismos como acabados y sin prolongación posible. Pero no se le puede negar al artista o al filósofo que dé cuenta de su versión de ese dato fatal. No se le puede impedir que haga experiencia propia de tanto acabamiento, que lo convalide o lo refute --aun contra toda evidencia o esperanza--. Lo contrario significaría hacer valer el argumento de autoridad: la autoridad del pensamiento coagulado, objetivado, hecho cosa en la idea de la muerte del arte y el pensamiento. No pocos artistas y pensadores trabajan bajo el imperio inconsciente de ese error: que sus prácticas respectivas ocurren en el mundo 3 de Popper u otro cielo ideal, que su tarea consiste en traer una y otra vez a palabras e imágenes la idea cosificada del fin del pensamiento y el arte, o, si son del todo coherentes, que su tarea radical es el silencio. Al artista y al pensador se les debe pedir autoconciencia sobre el verdadero lugar de sus prácticas, que es el raro pero real espacio de la confluencia entre el hombre concreto y el mundo, el gozne entre mundo 2 y mundo 1 popperianos, único lugar donde se engendra el material de las objetivaciones. En ese ámbito obliga menos, obliga como dato entre otros, pero no paraliza, aquella frecuente reprimenda filosófica: que después de x ya no se puede y. Como consecuencia de tal error de ubicación --de ese descoloque que es también temor reverencial por las objetivaciones--, el pensamiento y el arte han devenido meros contempladores de ideas, han dejado de suministrar materiales nuevos para el cielo platónico. Toda filosofía es ya filología y todo arte se representa y se repite a sí mismo en el modo vacuo de su imposibilidad radical.)
Al artista y al pensador se les debe pedir que añadan un plus de resistencia y de queja, o de cualquiera otra cosa, menos de regocijo en la impotencia o de crítica ingenua al Ultrasistema. Llamo crítica ingenua a una crítica que habla el lenguaje de ese Ultrasistema, que opera bajo el efecto enervante de grumos teóricos como ontología del presente, tardocapitalismo, pensamiento único, globalización --o su imagen especular, el policentrismo etnocultural--, fin o entreacto de la historia, muerte y resurrección del sujeto, etc. Se trata de una jerga que el mismo Ultrasistema segrega como moco suyo, como lubricante de su siniestro engranaje. A esas resistencias patéticas el Ultrasistema se las merienda vivas, las envuelve en celofanes y las vende. El artista y el pensador están obligados --con obligación indemostrable, como lo son todas las obligaciones verdaderas--, desquiciar el juego que nos mata, y eso requiere ingenio y destreza.
Una crítica no ingenua --ni siquiera efectiva, sólo no ingenua--, un plus cualquiera más allá del alarde de impotencia, tiene que tomar nota de estos tres datos. Primero, que el Ultrasistema ya no es el nombre-resumen de los instrumentos de dominio que los marxismos y otras sospechas pusieron de relieve. Ya no es del orden de cosas elemental de la estafa y la máscara, ya no es sólo la superestructura ideal que legitima una base de intereses groseros. Seguro que sigue siendo todo eso, pero el monstruo ha cobrado vida, se ha hecho autónomo, autómata. Amenaza ahora tanto a sus víctimas como a sus beneficiarios. No hay ya grupo de los siete ni trilateral alguna que hagan bailar a su son al monstruo --pensar lo contrario tranquiliza, dibuja un enemigo previsto y previsible, pero ya no más es cierto: basta para saberlo con mirar alrededor--. Segundo dato de una crítica no ingenua: que ese monstruo proteico que devora toda refutación suya tiene mucho de acorde con la constitución humana, con lo que el hombre es o ha llegado a ser o a estar. Que aquel endriago hace justicia a lo que hay de estructural o de histórico en el hombre. Ese espantajo es quizá ya el genuino ultrahombre, es destilado y resumen de lo propio del hombre. Arte y pensamiento, cuando se le oponen, cuando no lo celebran, se hacen en cierto modo inhumanos. Cuando se toma conciencia de ese hecho, se llega a sentir cierta piedad por aquella bestia necia del Ultrasistema. Pero es compasión que la bestia ni pide ni precisa. Se las arregla muy bien sola: lo que no la mata, la engorda, pero nada la mata. Ni siquiera la mata la guerra real que se le hace. La lucha armada es lucha armada suya, es, de nuevo, mucosidad que ella segrega, parte armónica de su totalidad. El deseo de una vida más alta, de otra cosa que la monstruosidad vigente y pasada, hace violencia a lo propio del hombre. Desde la perspectiva del monstruo, que es la perspectiva del hombre, los verdaderos monstruos, aunque inofensivos, son el arte y el pensamiento. Tercer dato de una crítica no ingenua: que el arte y el pensamiento son hoy fenómenos periféricos, que es mínima su capacidad para inquietar al monstruo o ni siquiera colaborar en su diseño. Que la presencia del pensamiento y el arte en los mecanismos de generación de mundos de vida no es directa, sino que la ejercen sus respectivas caricaturas y esperpentos. En el caso del arte, la industria mundial de la cultura, y en el caso de la filosofía, la hermenéutica difusa del todo vale y el todo es igual. Tal es hoy la verdadera y pálida presencia de arte y pensamiento en el mundo de la vida.
La hermenéutica, la koiné vigente en el pensamiento y en el arte, es más humana, más amistosa con las apariencias que su predecesores. Invita a la habitación pacífica y jovial de las precitadas ingenuidades. Pide continuidad con la historia y conciliación con la estructura, y viceversa. Es, en ese punto, heredera de un Hegel perdonador de crímenes en el confesionario de la conciencia histórica. La hermenéutica prescribe algo distinto de aquella resistencia todavía sin nombre: manda continuar sine die con la despedida inacabable, con el largo adiós a la cultura, en sus propios términos. Pero tal y no otro es el discurso típico del borracho molesto y violento, ése que siempre avisa de que ya se marcha, que promete siempre no más molestar y balbuce excusas que alterna con nuevas amenazas. A esa condición beoda, de mala borrachera matona y llorosa, no de borrachera cantarina, invita la koiné hermenéutica. La hermenéutica se presenta a sí misma como rechazo de la violencia, de una violencia que presuntamente habita un pensamiento descrito como metafísico. Pero resulta ser justo lo contrario: la hermenéutica autoriza y alienta la triple raíz de la violencia: la fábula mediática del mundo, la alucinación del género y la resurrección de los dioses. Unos dioses cuya muerte, por cierto, tuvo lugar apenas en el texto, pues en el mundo y su fábula nunca dejaron de gozar de salud insultante. La hermenéutica arrebata todo medio de expresar lo falso, inutiliza toda categoría, todo decir a la cara lo que es a alguien o a algo. Y lo inutiliza por el procedimiento de enfatizar la historia de ese reproche, de resaltar su horizonte de posibilidad. Así emborrona su contenido y su eficacia. (La hermenéutica es tinta de calamar para ocultar esta evidencia: que no hay Dios ni dioses, ni sentido en el ser. La hermenéutica no niega esa evidencia: declara la equivalencia con su contrario, cualquiera que éste sea.)
El arte es superfluo, inesencial, periférico: lo primero que se arroja por la borda si un exceso de equipaje nos pone en peligro de naufragio; lo primero que se esfuma ante una auténtica amenaza. Cierto que esa índole accesoria del arte muestra también su faz risueña: no sólo de bases ni de esencias vive el hombre, sino de toda (super)estructura que segrega su espíritu. Y así el arte es también desinterés, sublimidad, excelencia, último grado y perfección de lo humano. Puestos, no obstante, en lo peor --prudente recurso heurístico que la estadística y el refranero apoyan--, esto es, supuesto que predomine el carácter subalterno y secundario del arte sobre aquel otro sublime y excelente, aún así una filosofía suya (una estética) no se contamina de lo hueco de su objeto. No será, aunque parezca que a eso aboca, sombra de sombras. La filosofía, si lo es, luce este rasgo: que toca siempre el centro, por más que amenace con demorarse en la extrema periferia. Al menos, así quiero pensarlo. Para que no disuene una estética (u otra cualquiera filosofía de x) con esta larga promesa: nunca más rendirse a la seducción de las sombras, decir siempre no más lo que hay y lo que importa no perder ni perderse (bien que eso que hay, y eso que importaba no perder, otro contacto y cercanía exijan que su inane ‘ser dicho’).
Arte y lenguaje sobre el arte, literatura y crítica literaria, prosas que toman por tema a la poesía, conceptos que pretenden capturar un enigma, luces que se proyectan sobre lo que es de suyo oscuro, de modo que parece que eso oscuro se va a perder si se ilumina: arte y estética. El interés que hoy nos reúne se dice, pues, de muchos modos. Pero en las fórmulas más sugerentes, ricas en consecuencias y generadoras de diálogos latirá siempre una oposición posible, una discrepancia real entre los dos términos de ese sintagma: filosofía del arte.
Oposición posible y discrepancia real quiere decir que no se ha puesto previamente la premisa de la heterogeneidad radical entre el pensamiento y el arte, ni en general la premisa de la inconmensurabilidad de toda voz o texto con cualesquiera otros. Quiere decir que no se ha puesto tampoco su premisa equivalente aunque contraria: la indiferencia, la nivelación, la grisalla, el borrado de límites, la adjudicación a la filosofía del carácter irremediable de género literario, o la atribución al arte de la condición de lugar eminente de eclosión de la verdad o de muestra de su incomparecencia radical, una carga veritativa o falsaria que el arte ni puede ni debe soportar en solitario si no es al precio de convertirlo en criadero de monstruos (inocuos, pero monstruos). Oposición posible y discrepancia real quiere decir, por tanto, que no se han aceptado las consecuencias de aquellas premisas, esto es, que todo vale y que todo es igual.
No se negará, por cierto, que la filosofía se sirve, de hecho y con derecho, de recursos retóricos, ni que el arte pueda y deba iluminar zonas de la verdad o de su ausencia abismal. Se afirma tan sólo que es honesto defender una distancia entre enunciación y retórica, una diferencia que es, si se quiere, accesible a su juicio crítico y a su expresión poética. Y subsiste esa diferencia porque para negarla es preciso aceptarla previamente, esto es, porque el lema de que "todo es retórica" no se puede decir sin el conocimiento previo de lo que no es retórica, o sin el conocimiento al menos de que la retoricidad admite grados. Y permanece la mutua accesibilidad entre voces concretas y entre géneros de prácticas discursivas o expresivas (arte, pensamiento, ciencia, ética) porque su negación, la negación de esa accesibilidad, es ella misma ejercicio de la accesibilidad que niega, ella misma juzga y mide discursos con discursos, textos con textos.
Pero ésas son, como denuncia Gadamer (y antes Platón, y Hegel), victorias formales sobre el relativismo, refutaciones logicistas, con un cierto sabor a sofisma. Pertenecen a un curioso tipo de argumentos que es la imagen especular del sofisma: son inferencias verdaderas, pero parecen falsas (que son verdaderas lo ha mostrado y demostrado Ulises Moulines semiformalizándolas, y Juan José Sebreli argumentando convincentemente en lenguaje informal). Es mejor, sin embargo, aceptar el reproche retórico de Gadamer y descender a la vida del texto, al lugar donde el texto se propone, lo consiga o no, decir algo de algo. Si hacemos esa experiencia comprobaremos enseguida que se confirma lo que delataba la aparente falacia: nuestra voz no puede hacerse cargo de su propia inconmensurabilidad si no es al precio de falsificarse. Nuestra voz no puede ser ella misma plural ni renunciar a que caiga a su alcance toda otra voz y texto y viceversa. Tampoco puede, si no es por vía de fingimiento e impostación de la voz, decir de sí que es retórica sin límites ni grados, sin capacidad de dosificar conscientemente su retórica. Ni puede declararse, sin saberse al tiempo falsa, retóricamente intocable, inderogable. Inconmensurabilidad radical y retoricidad general, esos dos tópicos de los pensamientos autodebilitados, se dicen, pues, desde un discurso que sobrevuela los discursos, desde una voz que arbitra el juego de las voces al tiempo que declara que no hay juego posible porque no hay campo común o porque no hay competencia, porque todos los jugadores llevan el mismo uniforme del club de la retórica. Voz (o metavoz o supervoz) que ocupa un lugar privilegiado justamente cuando abjura de éste y lo declara imposible e indeseable. Aquellas notas, inconmensurabilidad e indiferencia, lo son, si acaso, del conjunto, del sistema o el guirigay de las voces, pero nunca de ninguna voz concreta. Esa voz sobrevolante sí que es, y sólo ella, formal y formalista.
Detrás de tales reticencias puras y prácticas frente al todo vale y al todo es igual palpitan una obligación indemostrable y un conocimiento elemental, a saber: que es decente oponerse con fuerza a la vigente epidemia de resignaciones y renuncias y a su gesto estudiado de fatiga. Que al pensamiento le cabe más y mejor destino que la reducción a la mala literatura de Heidegger, Derrida y sus epígonos, y que al arte le aguarda mejor suerte que el sometimiento a la mala filosofía del arte que a menudo lo inspira y le da forma concreta. Mala literatura quiere decir poesía en el peor y más añejo de sus sentidos: blanda y nostálgica hasta lo fofo, adoratriz hasta el estrabismo, reverente, rememorante, guardiana de un enigma sin contenido o de una oscuridad sin verdadero enigma. Y mala filosofía del arte quiere decir ingenua, espontánea, acrítica, iletrada o a lo más de manual, descubridora de mediterráneos, repetidora del eco difuso del acabamiento del arte, defensora de la pureza cristalina y la autonomía absoluta de la experiencia estética, esclava del mito de la novedad sin contenido nuevo --no hay novedad posible, pero el sistema del arte pide más madera--. Mala filosofía, también, cuando es deudora de epistemologías simplistas o directamente erróneas, como lo son todos los sensismos, toda epistemología que afirme que lo primero y lo inmediato en el conocimiento son las sensaciones simples de color o formas, y que el objeto se edifica después con tales materiales. Eso lo desmienten las ciencias duras y blandas, y también la más sencilla introspección: lo primero es el objeto, la hipótesis del objeto en la que nos va la vida, porque el objeto significa en sus extremos oportunidad o amenaza.
Oposición posible y discrepancia real entre arte y filosofía quiere decir también que no se ha renunciado a la categoría en ese su sentido etimológico que nos recuerda Heidegger pero que se desactiva y anula en el pensamiento de Heidegger. Esto es, categoría es la acción y el efecto de decirle a uno a la cara lo que es. Justo eso que prohibe la imperante pudibundia, el omnipresente eufemismo, que comienza llamando a las cosas por un nombre más blando y termina llamándolas por su nombre contrario. Categoría es la acusación en juicio, la atribución de conductas y cualidades con pretensión de verdad y con la aportación consiguiente de las pruebas, notas todas que lo son de la filosofía cuando ésta no se reduce a balbuceo autodebilitado. Y lo son también del arte cuando el arte no se hace cómplice de la fábula del mundo renunciando a figurar el mundo.
Categoría en todos sus sentidos les falta al arte y al pensamiento cuando se revuelcan en la idea obsesiva de la dificultad o la llana imposibilidad de la representación. (‘Representación’ es un término que significa tanto que ya casi no significa nada. Intentaré, por ello, interpretarlo y reducirlo brevemente: representación es el modo inexorablemente mediato de darse cualquier cosa, es el nombre de la imposibilidad de la cosa en persona, del comercio carnal con las cosas. A cambio de esa distancia, la representación permitió a lo largo de su historia una como delectación morosa en lo bello y lo bueno y una explicitud de lo feo y lo malo. Pues bien, después de todos los despueses, la representación ya no más consiente eso, sólo permanece su condición de impedimento, de interposición sin contrapartida entre el deseo y su objeto.)
Después de todos los despueses --después del blanco sobre blanco de Malevich o de la carta de Lord Chandos, de Hofmannsthal, esos dos lugares insuperables no sólo de la imposibilidad sino también de la intrínseca putrefacción de todo representar algo como algo--, después de eso, sólo caben vueltas atrás, arrepentimientos, repeticiones, manieras, exhibición y exhibicionismo de impotencias, cuyo alarde ya cansa. Si la impotencia exhibida no va acompañada al menos de su queja y su resistencia, o de otro plus cualquiera que ahora no imagino, es entonces indecente complicidad con la fábula del mundo, connivencia con la fuente de la mitad del dolor y de la muerte (por qué la fábula del mundo es fuente sólo de la mitad del dolor y de la muerte, más adelante se hará explícito).
(A este respecto, quizá debería ser más crítico y a la vez más benevolente. Me explico: la vía muerta de la exhibición de la impotencia y la imposibilidad de la representación, es vía muerta sólo en el ámbito de las objetivaciones, de las ideas. Es callejón sin salida apenas en el mundo 3 de Popper, para entendernos. La muerte del arte y el pensamiento es ahí, por ejemplo, convecina del teorema de Pitágoras, la revolución rusa o el Quijote. Es en ese espacio ideal donde arte y pensamiento se exhiben a sí mismos como acabados y sin prolongación posible. Pero no se le puede negar al artista o al filósofo que dé cuenta de su versión de ese dato fatal. No se le puede impedir que haga experiencia propia de tanto acabamiento, que lo convalide o lo refute --aun contra toda evidencia o esperanza--. Lo contrario significaría hacer valer el argumento de autoridad: la autoridad del pensamiento coagulado, objetivado, hecho cosa en la idea de la muerte del arte y el pensamiento. No pocos artistas y pensadores trabajan bajo el imperio inconsciente de ese error: que sus prácticas respectivas ocurren en el mundo 3 de Popper u otro cielo ideal, que su tarea consiste en traer una y otra vez a palabras e imágenes la idea cosificada del fin del pensamiento y el arte, o, si son del todo coherentes, que su tarea radical es el silencio. Al artista y al pensador se les debe pedir autoconciencia sobre el verdadero lugar de sus prácticas, que es el raro pero real espacio de la confluencia entre el hombre concreto y el mundo, el gozne entre mundo 2 y mundo 1 popperianos, único lugar donde se engendra el material de las objetivaciones. En ese ámbito obliga menos, obliga como dato entre otros, pero no paraliza, aquella frecuente reprimenda filosófica: que después de x ya no se puede y. Como consecuencia de tal error de ubicación --de ese descoloque que es también temor reverencial por las objetivaciones--, el pensamiento y el arte han devenido meros contempladores de ideas, han dejado de suministrar materiales nuevos para el cielo platónico. Toda filosofía es ya filología y todo arte se representa y se repite a sí mismo en el modo vacuo de su imposibilidad radical.)
Al artista y al pensador se les debe pedir que añadan un plus de resistencia y de queja, o de cualquiera otra cosa, menos de regocijo en la impotencia o de crítica ingenua al Ultrasistema. Llamo crítica ingenua a una crítica que habla el lenguaje de ese Ultrasistema, que opera bajo el efecto enervante de grumos teóricos como ontología del presente, tardocapitalismo, pensamiento único, globalización --o su imagen especular, el policentrismo etnocultural--, fin o entreacto de la historia, muerte y resurrección del sujeto, etc. Se trata de una jerga que el mismo Ultrasistema segrega como moco suyo, como lubricante de su siniestro engranaje. A esas resistencias patéticas el Ultrasistema se las merienda vivas, las envuelve en celofanes y las vende. El artista y el pensador están obligados --con obligación indemostrable, como lo son todas las obligaciones verdaderas--, desquiciar el juego que nos mata, y eso requiere ingenio y destreza.
Una crítica no ingenua --ni siquiera efectiva, sólo no ingenua--, un plus cualquiera más allá del alarde de impotencia, tiene que tomar nota de estos tres datos. Primero, que el Ultrasistema ya no es el nombre-resumen de los instrumentos de dominio que los marxismos y otras sospechas pusieron de relieve. Ya no es del orden de cosas elemental de la estafa y la máscara, ya no es sólo la superestructura ideal que legitima una base de intereses groseros. Seguro que sigue siendo todo eso, pero el monstruo ha cobrado vida, se ha hecho autónomo, autómata. Amenaza ahora tanto a sus víctimas como a sus beneficiarios. No hay ya grupo de los siete ni trilateral alguna que hagan bailar a su son al monstruo --pensar lo contrario tranquiliza, dibuja un enemigo previsto y previsible, pero ya no más es cierto: basta para saberlo con mirar alrededor--. Segundo dato de una crítica no ingenua: que ese monstruo proteico que devora toda refutación suya tiene mucho de acorde con la constitución humana, con lo que el hombre es o ha llegado a ser o a estar. Que aquel endriago hace justicia a lo que hay de estructural o de histórico en el hombre. Ese espantajo es quizá ya el genuino ultrahombre, es destilado y resumen de lo propio del hombre. Arte y pensamiento, cuando se le oponen, cuando no lo celebran, se hacen en cierto modo inhumanos. Cuando se toma conciencia de ese hecho, se llega a sentir cierta piedad por aquella bestia necia del Ultrasistema. Pero es compasión que la bestia ni pide ni precisa. Se las arregla muy bien sola: lo que no la mata, la engorda, pero nada la mata. Ni siquiera la mata la guerra real que se le hace. La lucha armada es lucha armada suya, es, de nuevo, mucosidad que ella segrega, parte armónica de su totalidad. El deseo de una vida más alta, de otra cosa que la monstruosidad vigente y pasada, hace violencia a lo propio del hombre. Desde la perspectiva del monstruo, que es la perspectiva del hombre, los verdaderos monstruos, aunque inofensivos, son el arte y el pensamiento. Tercer dato de una crítica no ingenua: que el arte y el pensamiento son hoy fenómenos periféricos, que es mínima su capacidad para inquietar al monstruo o ni siquiera colaborar en su diseño. Que la presencia del pensamiento y el arte en los mecanismos de generación de mundos de vida no es directa, sino que la ejercen sus respectivas caricaturas y esperpentos. En el caso del arte, la industria mundial de la cultura, y en el caso de la filosofía, la hermenéutica difusa del todo vale y el todo es igual. Tal es hoy la verdadera y pálida presencia de arte y pensamiento en el mundo de la vida.
La hermenéutica, la koiné vigente en el pensamiento y en el arte, es más humana, más amistosa con las apariencias que su predecesores. Invita a la habitación pacífica y jovial de las precitadas ingenuidades. Pide continuidad con la historia y conciliación con la estructura, y viceversa. Es, en ese punto, heredera de un Hegel perdonador de crímenes en el confesionario de la conciencia histórica. La hermenéutica prescribe algo distinto de aquella resistencia todavía sin nombre: manda continuar sine die con la despedida inacabable, con el largo adiós a la cultura, en sus propios términos. Pero tal y no otro es el discurso típico del borracho molesto y violento, ése que siempre avisa de que ya se marcha, que promete siempre no más molestar y balbuce excusas que alterna con nuevas amenazas. A esa condición beoda, de mala borrachera matona y llorosa, no de borrachera cantarina, invita la koiné hermenéutica. La hermenéutica se presenta a sí misma como rechazo de la violencia, de una violencia que presuntamente habita un pensamiento descrito como metafísico. Pero resulta ser justo lo contrario: la hermenéutica autoriza y alienta la triple raíz de la violencia: la fábula mediática del mundo, la alucinación del género y la resurrección de los dioses. Unos dioses cuya muerte, por cierto, tuvo lugar apenas en el texto, pues en el mundo y su fábula nunca dejaron de gozar de salud insultante. La hermenéutica arrebata todo medio de expresar lo falso, inutiliza toda categoría, todo decir a la cara lo que es a alguien o a algo. Y lo inutiliza por el procedimiento de enfatizar la historia de ese reproche, de resaltar su horizonte de posibilidad. Así emborrona su contenido y su eficacia. (La hermenéutica es tinta de calamar para ocultar esta evidencia: que no hay Dios ni dioses, ni sentido en el ser. La hermenéutica no niega esa evidencia: declara la equivalencia con su contrario, cualquiera que éste sea.)